A por la memoria: Los hijos de la hermana Fili.

22. LOS HIJOS DE LA HERMANA FILI

La hermana Fili era la partera del pueblo, la heredera del saber antiguo que se transmitía de mujer a mujer desde los tiempos más remotos. La veíamos al anochecer sentada al fresco, o caminando diligente, a cualquier hora del día o de la noche, hacia la casa
donde hubiera una parturienta a punto de dar a la luz.

Nunca la oímos quejare. A nadie le hablaba de su desgracia. Ni siquiera cuando una vez
que entramos en su pequeña casa para guarecernos de la lluvia vimos aquellos dos
grandes retratos que tenía colgados en su cuarto, uno junto al otro, ocupando toda la
pared. Ninguna de nosotras se atrevió a preguntar quiénes eran aquellos dos muchachos
que miraban de frente al lado del crucifijo que presidía la cama. Alguien dijo que
estaban muertos, no sabía nada más. Permanecimos calladas hasta que dejó de llover y
volvimos a salir a jugar a la calle. Aquellas fotos se nos olvidaron.

Sin embargo, cuando hace unos años supe lo que le había ocurrido a esos dos chicos,
la figura de su madre cobró una dimensión nueva. Había pasado mucho tiempo. La
gente de mi edad tardamos mucho en conocer su desgracia. La historia de esos años,
todo lo que había ocurrido en el pueblo durante la guerra, se estaba olvidando o, quizá
sin mala intención, se tergiversaba para hacerla más amable, para no hurgar en las
heridas,

Fue cuando empezó a hablarse de recuperar la memoria, y de la necesidad de una Ley
de Recuperación de Memoria Histórica en la vida política, que se supo de aquellas
muertes. Empezó a hablarse de ella en los telediarios, pero en el pueblo tardamos un
poco más, hasta que llegó la exhumación de los restos de prisioneros del monasterio de
Uclés. Allí habían muerto hombres de Villaescusa. Algunos cadáveres habían sido152
reclamados por sus familiares y recibido cristiana sepultura, otros esperaban aún a ser
desenterrados.

Hay gente en contra de esta recuperación de la memoria. Mejor olvidar, dicen. Hacer
borrón y cuenta nueva. No remover las heridas, no hurgar en ellas para que no duelan.
Sin embargo, muchas otras personas pensamos lo contrario: que las heridas no se curan
ignorándolas sino reconociéndolas y destapándolas para poderlas curar.

A mí me duele el recuerdo de la hermana Fili. Pero es un dolor dulce. Pienso en ella y
siento una infinita compasión por el dolor que debió sentir.

La recuerdo sentada en su puerta en silencio o caminando sola por la calle, ágil, vestida
de negro y llevando por los hombros una toca negra de lana.

Era pequeña y delgada, aunque la falda larga, de vuelo, hacía que abultase. Tenía la cara
llena de arrugas y el pelo gris, casi blanco, recogido atrás en un moño.

Cuando yo llegué al mundo ya se le debían haber secado las lágrimas, las chicas del
pueblo no la vimos nunca llorar.

Aún puedo oír su voz. Era suave, dulce y humilde, pero de una gran firmeza. La
imagino diciendo a la gente que iba a llamar a su puerta: “Ahora mismo voy, que
pongan el agua a calentar”. La imagino también, sacando de su faldiquera las tijeras
para cortar el cordón umbilical que nos unía a nuestras madres. La veo como si fuera
ayer mirándonos a todas por la calle como su obra, las vidas que ella había ayudado a
traer al mundo.

Nunca la oí quejarse. Tampoco reírse. Casi siempre estaba en silencio.

Desde que me dijeron lo de sus hijos, empecé a asociar su imagen con la de la virgen de
la Soledad que sale todos los años en las procesiones de Semana Santa. Las dos de luto
paseando en silencio la tragedia del asesinato de sus hijos, víctimas del odio de los 153
hombres, sin más delito que pretender que se hiciera justicia en este mundo y hubiera
pan para todos.

También, cuando pienso en la hermana Fili, me viene el recuerdo de la Piedad de
Miguel Ángel, esa virgen sentada con el cadáver de su hijo en su regazo. A ella se le
negó hasta ese último consuelo de abrazar a sus muertos y enterrarlos. Sus cadáveres
yacen en algún lugar de la funesta geografía de fosas comunes de la última guerra.

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