Entrevista con Jo Berry, hija de una víctima del IRA,
y Pat Magee, militante del IRA
Versión completa de la entrevista con Jo Berry y Pat Magee aparecida en el
diario Público el 19 de junio de 2010. Realizada durante el encuentro en Bilbao
“Paz en positivo: un reto posible”, organizado por la Fundación Sabino Arana.
Juan Gutiérez y Juan Cordero me echaron una mano con todo, ¡gracias!
Jo Berry es hija de Sir Anthony Berry, miembro del Parlamento británico y del
partido conservador inglés asesinado por el IRA en el atentado del Grand Hotel
de Brighton de 1984. Pat Magee fue el militante del IRA que puso la bomba.
Tras
pasar 13 años en la cárcel, salió amnistiado gracias al Acuerdo de de Paz de
Viernes Santo en 1999. Ambos se encontraron en el año 2000 y exponen juntos
desde entonces su apuesta por la paz, el diálogo y la reconciliación.
Han realizado un documental para la BBC sobre su experiencia (Facing the enemy)
y ahora preparan un libro. Jo es presidenta de la organización Building Bridges
for Peace (Construyendo puentes para la paz) y de la Red Internacional por la
Paz. Pat es un defensor activo del proceso de paz en Irlanda del Norte. En el
veinticinco aniversario del atentado de Brighton, ambos fueron invitados a
hablar juntos en el Parlamento inglés.
No llevan nada apenas preparado cuando hablan en público. Parece como si en
realidad prosiguieran una larga conversación íntima. Cada encuentro es en carne
viva. No sólo se percibe el dolor, sino también una extraña alegría. Y sobre
todo la grandísima fuerza de una vulnerabilidad compartida.
¿Qué les ocurrió?
Jo. Cuando hace veinticinco años murió mi padre, a quien yo adoraba, decidí
emprender un viaje: renunciar a condenar a los demás, transformar mi dolor,
poner fin al ciclo de violencia y venganza. Una parte de mi anhelaba la paz.
Quería transformar mi trauma, pero ¿cómo? No lo sabía, me encontraba muy sola.
Pero tenía confianza para emprender el viaje, una semilla a la vez frágil y
fuerte.
Una noche, cuando volvía a casa en Londres, esperando el autobús me encontré con
un joven que venía de Belfast. Charlamos y cogimos finalmente un taxi juntos. Me
contó que su hermano había muerto a manos de soldados británicos. Entonces vi
claro qué tenía que hacer para transformar mi trauma en algo positivo:
convertirme en un puente. Construir un mundo en el que no estemos de pronto
divididos como ese chico y yo, sino donde podamos ser amigos.
Pat. Nunca es fácil hablar al lado de Jo, yo he dejado un legado terrible y
quiero reconocerlo. Crecí en una comunidad sin poder. Irlanda estaba dividida,
una minoría no era escuchada, todas las herramientas políticas estaban
proscritas. La violencia fue el resultado inevitable. No teníamos opciones y por
eso decidí participar en la lucha armada. En realidad, nuestra violencia surgió
de nuestra propia debilidad: no teníamos recursos políticos para cambiar la
realidad, sólo los encontramos mucho más tarde. Por eso no podíamos cerrar el
grifo del conflicto armado. Brighton fue un atentado importante dentro de una
campaña por llevar la guerra fuera de Irlanda, directamente a nuestros enemigos,
a las personas culpables del terrorismo de Estado. Entonces nos pareció la mejor
manera de actuar.
¿Cómo fue su encuentro?
J. En los años 80 y 90, visité muchas veces Irlanda del Norte. Era una auténtica
zona de guerra. Conocí a irlandeses que dormían totalmente vestidos porque esa
misma noche sus casas podrían ser asaltadas y ellos detenidos. En esas
condiciones era difícil dar con los espacios necesarios para elaborar mi trauma
emocional. Encontré mucha humanidad, pero era realmente difícil escuchar y ser
escuchada. Mi acento inglés sonaba como una amenaza para la gente. Tras el
acuerdo de paz, las condiciones cambiaron: entonces podía ser escuchada y
escuchar sin miedo.
Yo quería encontrarme con Pat para escuchar qué le llevó a asesinar a mi padre.
Pat salió de la cárcel gracias a los acuerdos de paz de Viernes Santo.
Cuando
escuché la noticia por televisión, sentí dolor e ira. Pero yo quería escucharle.
Algunos amigos intentaron organizarme una reunión con él. Un día, estando yo en
Irlanda del Norte en el año 2000, me llamaron y me dijeron: “¿quieres conocer a
Pat esta noche?” Yo me dije: “no estoy preparada, no tengo ganas en este
momento”, pero al final acudí. La reunión fue de una intensidad extraordinaria,
duró tres horas. Durante la primera hora y media, Pat se puso un sombrero
político: me daba razones y argumentos que justificaban el atentado que acabó
con mi padre. Yo no quería culparle, sino escuchar su historia, comprenderla.
Pero entonces algo sucedió y Pat me dijo: “me gustaría escuchar su dolor y su
ira, ¿qué puedo hacer para ayudarla?” Ahí empezó nuestro viaje.
P. Cuando salí de la cárcel, la situación era nueva. Yo me preguntaba qué nuevo
papel podía jugar. Un tiempo después, supe que Jo quería encontrarse conmigo.
Cuando me reuní con ella, yo llevaba puesto un sombrero político. Le explique
porqué había hecho lo que había hecho. Pero estar junto a alguien que escuchaba
me cambió profundamente. Entonces reconocí lo asombroso de aquel momento. Lo que
me dejó sin habla fue que Jo no expresaba ira. Todo hubiera sido más fácil para
mí si Jo se hubiese encolerizado o enfrentado conmigo. Pero su disponibilidad a
escuchar y conocer mi historia me desarmó. Y esa apertura ha motivado 10 años de
exploración conjunta.
¿Podría haberse usted acercado a Jo como ella lo hizo?
P. Habría sido un error que yo tomase la iniciativa de contactar con ella. Se
hubiese malinterpretado, habría sonado a autojustificación o a
instrumentalización. La iniciativa debe partir de la víctima, cuando ella siente
que el siguiente paso en su proceso es ir al encuentro del asesino.
¿Ha habido arrepentimiento o perdón?
J. Todo el mundo opina: “está bien que perdones”, “¿por qué no perdonas?” Perdón
es una palabra difícil. Hay un contexto cristiano de la palabra. ¿Y si perdono
pero más tarde siento de nuevo ira hacia Pat? En todo caso el perdón es un
viaje. Pero yo no tengo nada que perdonar. Yo no entré en este proceso para
cambiar a Pat. Para mí no se trata de perdón, sino de conocimiento. A veces,
después de escuchar la historia de Pat, creo que he comprendido con tanta
claridad su vida que no queda nada por perdonar y que de haberla vivido yo
habría hecho las mismas elecciones que él. Todos somos seres humanos
involucrados. Yo también estoy involucrada en el conflicto al formar parte de un
país que no escuchaba y diabolizaba al otro. Se trata de abrir otras opciones.
Ahora veo a Pat como a un ser humano, no como a un enemigo sin rostro.
P. Yo tomé mis decisiones conscientemente. No digo con ello que todas fueran
correctas. Pero mi exploración con Jo no tiene que ver con el arrepentimiento o
con la búsqueda del perdón. En todo caso trata de que haya menos conflicto
interior, menos dolor. Para mí esto no pasa por el perdón, sino por comprender.
Yo era responsable de tener una visión ciega del otro. No reconoces la
integridad de su posición, la legitimidad de sus argumentos. Hay que hacerlo.
Tener una imagen más completa, ese es mi aprendizaje. Conocer a Jo y a otras
víctimas ha ampliado mi visión.
¿Han sido criticados?
J. Sí, hay quien percibe este proceso de hacerse amigo del enemigo como una
amenaza. Los políticos lo temen. Pero recibo mucho apoyo, me siento cada vez más
fuerte en este camino y eso supera todas las críticas. Lo importante es
convertir el dolor en algo positivo, pero para las víctimas no hay dos caminos
idénticos, todos son distintos e íntimos. Mi transformación habría seguido sin
el encuentro con Pat, otros puentes pueden construirse. Cada cual debe hacer su
proceso y muchos no pasan por conocer directamente al asesino. Conozco a madres
que perdieron a sus hijos el atentado del 7 de julio en el metro de Londres y
emprenden otros caminos.
P. Yo siempre traté de proteger a mi familiares de las consecuencias de mis
decisiones. Me alejé deliberadamente de ellos. Sólo en los años recientes he
podido comprender cómo les afectaron mis decisiones. Mi familia no apoya las
decisiones que tomé, tengo un hijo comprometido con la no violencia. Pero apoyan
lo que hago ahora y eso ayuda. Creo que el documental que he hecho con Jo ha
ayudado a mi familia a entenderme. Cuanto lo estábamos rodando, algunas personas
de mi entorno se sintieron amenazadas. Me decían: “te han engañado”,
“¿de veras
que creías que podría salir en la BBC y justificar la lucha armada?” Pero en la
calle recibí muchas palabras de enhorabuena. Creo que ese documental sido muy
útil y ha contribuido al cambio de otras personas.
¿Se puede generalizar un caso tan excepcional?
P. Nuestra experiencia no es excepcional, odiaría pensar eso. De hecho, siempre
ha habido un proceso de diálogo por abajo en la sociedad que contribuyó a que
las comunidades estuvieran preparadas en su momento para la paz. Es más fácil la
reconciliación si hay proceso de paz, pero se puede dar antes.
Creo que en nuestra experiencia hay una lección aplicable a otros contextos y
situaciones: cualquier acuerdo debe ser incluyente, nadie debe quedar marginado,
todo el mundo debe ser escuchado. Cuando la gente se siente impotente recurre a
la violencia.
Yo no soy pacifista, pienso que en la situación en la que estábamos no teníamos
otra opción que la que elegimos, pero hoy es distinto, ahora podemos construir.
Dediqué casi treinta años de mi vida a esa lucha, diecisiete de ellos en la
cárcel que para nosotros era otro frente de lucha. Estoy encantado de haber
salido de este conflicto, de tener otras opciones ahora. Y sí, creo que el
conflicto armado abrió esas posibilidades, lo defiendo. Es muy duro decir esto
al lado de Jo. En el otro extremo está el lado humano del conflicto. Ahora estoy
en eso. Conocer a Jo ha amplíado mi visión. Y me hace estar menos en conflicto
conmigo mismo. Eso es lo mejor que puedo ofrecer ahora.
¿Cómo valoran los diez años de relación?
J. No se trata de valentía, sino de asumir un riesgo. Este proceso es como un
viaje en busca de respuestas. Es muy importante poder contar la propia historia.
Escuchar, ser escuchada, sin juicios. Que broten el odio y la ira, pero también
trabajar mucho internamente para canalizarlos de modo seguro. Sin embargo, en
este viaje hay que pagar un precio: no se puede olvidar. Cada vez que aparecemos
juntos, recuerdo muy vivamente la muerte de mi padre. Pero creo que el coste
personal es menor que la importancia de mi trabajo. Yo no puedo volver a ser una
persona normal. Para mí los encuentros merecen la pena, ensanchan mi humanidad.
Ahora hay más alegría en mi vida, más conexión profunda con el mundo.
Nuestra reconcilliación no es sólo emocional, tiene algo de político. Lo que hay
es una profunda transformación. Lo importante es que seguimos aprendiendo. Pat y
yo nos retamos cada vez que hablamos, tenemos opiniones muy diferentes, pero
seguimos comunicándonos. Es un desafío y a la vez un regalo. No es una
comunicación como la de los políticos: no se trata de juzgar qué posición es
correcta y cuál no. A mí me hace feliz por dentro hacer algo positivo con lo que
ocurrió. He transformado el dolor en pasión por la paz y así he ampliado mi
humanidad. Le agradezco a Pat haberme ayudado a hacer eso. No hay muchos hombres
del IRA capaces de escuchar a víctimas como Pat. Pat encontró la fuerza para
hacerse vulnerable. Y yo mantuve siempre la confianza en que él iba a hablar de
las emociones personales, también en público. Esa confianza nos hizo continuar
en esto. Ahora nos llamamos amigos.
P. Yo ya sabía en la cárcel que en el futuro tendría que sentarme con mis
enemigos de entonces: soldados británicos, lealistas, etc. Sabía que ellos
formarían parte conmigo del proceso de paz para Irlanda del Norte. Pero nunca
imaginé que pasaría diez años en este proceso con Jo. Desde la primera reunión,
me impactó su disponibilidad. Me emocionó. La sensibilidad, la capacidad de
escucha, la inteligencia… Veo todos esos dones en Jo y ahora pienso que
provienen de su padre, eso lo hace todo más duro. Encuentro muy difícil estar
junto a Jo, pero sé que he de hacerlo. Poco a poco las fronteras entre nosotros
se desdibujan, nos redescubrimos, pensamos juntos sobre el pasado y aprendemos
de él, entendemos mejor la medida de la pérdida, tenemos una mayor comprensión
del otro. Me siento muy honrado por la confianza de Jo durante todos estos años,
teniendo en cuenta que yo maté a su padre.
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Fuente original y comentarios: http://blogs.publico.es/fueradelugar/143/hacerse-amigo-del-enemigo
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Os copiamos aquí una entrevista anterior publiicada en 2.006 enEl País
«Estoy dispuesto a oír tu dolor y tu indignación»
La reconciliación entre la hija de un diputado ‘tory’ y el militante del IRA que le asesinó
Jo Berry y Pat Magee, en San Sebastián.
«Nunca le diría a Jo ‘perdóname’, porque sé que no puedo desh acer el mal causado»
Ella se animó para su primera cita pensando que él tendría más miedo al encuentro.
Reconocen que la suya es una experiencia muy singular, pero se niegan a admitir que sea la única. En cualquier caso, es extraordinaria. Jo Berry es hija de sir Anthony Berry, miembro del Parlamento británico que fue asesinado junto a otras cuatro personas en 1984, durante el congreso que celebraba el Partido Conservador de Margaret Thatcher en el Gran Hotel de Brighton. Pat Magee es miembro de la célula del IRA que colocó la bomba. Ambos mantienen un contacto regular desde hace seis años, poco después de que Magee, que cumplía cadena perpetua por el atentado, fuese excarcelado tras los acuerdos de paz en el Ulster.
La iniciativa fue de Jo Berry, una joven lectora de Gandhi a quien el impacto del asesinato de su padre situó en una encrucijada cuando tenía 27 años. «Pensé que tenía dos opciones. Seguir la de la no violencia, que me salía del corazón, o la otra más normal. Opté sin dudar por la primera», explica Berry. Pero antes de llegar a la experiencia de su reconocimiento mutuo -hoy la relatarán en San Sebastián, como plato fuerte de las quintas Jornadas de No Violencia Activa que organiza la asociación vasca Bidea Helburu, defensora de la no violencia y el diálogo para la solución de conflictos-, Berry recorrió un largo camino que le llevó a crear la organización Construyendo Puentes de Paz para tratar de extender proyectos de paz en distintas zonas del mundo en conflicto.
«Quería encontrar un punto positivo en la tragedia que me había ocurrido», rememora Berry. Por eso, un año después del asesinato de su padre, fue a Irlanda del Norte a «escuchar historias» de gentes de la comunidad republicana. Por ejemplo, lo que significa tener el Ejército británico en las calles, o experiencias en las prisiones. «Empecé a comprender por qué se había matado a mi padre, y encontré que en Irlanda del Norte la gente tenía mucho deseo de oír mi historia, y en Inglaterra no tenían interés», explica.
El encuentro con Pat Magee no fue casual, sino trabajado con insistencia desde personas cercanas a ambos. Jo Berry recuerda que, de todos modos, se produjo cuando «ya estaba curado algo» de su dolor y tenía la impresión de que «podía sacar algo» de sí. Por parte de Magee existía la preocupación de que pudieran enfrentarse, pero sus temores se disiparon cuando le aseguraron que Berry sólo quería hablar con él y conocer sus motivos. «Aunque ahora no soy miembro del movimiento republicano, me considero republicano, y el que me encuentre con Jo y otras víctimas es una contribución al proceso de paz [de Irlanda], en el que hace falta una reconciliación», señala.
¿Y cómo fue el primer encuentro? Berry describe con detalle el estado de ánimo «terrible» con que cruzó en el ferry para ir a Irlanda. Y recuerda que se consoló pensando: «Pat tendrá más miedo que yo de encontrarnos». La cita duró tres horas. «La primera hora y media Pat tenía puesto su sombrero político, que yo conocía bien», relata Berry. Después de transcurrido ese tiempo de conversación, Pat Magee confesó a su interlocutora: «No sé qué decir. Nunca he estado delante de alguien con la dignidad que tú tienes. Estoy dispuesto a oír tu dolor y tu indignación».
«Fue un momento impresionante, porque estábamos empezando otro viaje. Éramos dos seres humanos vulnerables compartiendo nuestras experiencias. Le conté muchas cosas de mi padre, que era un ser humano muy dispuesto a hablar, cosa que era para mí muy importante». ¿Y cuál fue la utilidad de esta experiencia? Berry lo explica así: «Hoy me doy cuenta de que, si me hubiese tocado vivir en la piel de Pat, hubiese podido tener su propia experiencia. Pero sólo me di cuenta de eso al escucharle y al sentir empatía, un sentimiento que también he experimentado al hablar con ex militantes republicanos y constatar el mito que lleva dentro el definir a alguien como enemigo».
Pat, por su parte, explica que el primer paso que hay que dar para entenderse es «reconocer». Y valora, en este sentido, la importancia del testimonio de Berry cuando ésta afirma que «ha llegado a darse cuenta de que, si estuviera en la misma piel y con la misma vida que otro, probablemente hubiera tomado las mismas opciones». Magee cree que es clave «respetar la integridad y la posición del otro», porque no hay blanco y negro en los conflictos.
En este punto Jo Berry interviene para precisar a Magee: «Hay que respetar la actitud del otro, pero no aceptar la violencia. Yo he hablado con muchos hombres que han matado y coinciden en que lo han hecho porque se han sentido no escuchados. Yo intentaba crear más recursos, más capacidad de escuchar. Creo que la violencia nunca da resultados, que es muy fácil que una víctima sea un victimario, y así el círculo se pone a rodar. Me apasiona conocer las raíces del terrorismo y de la guerra. Así es como siento curación dentro de mí».
Sin embargo, Pat Magee no abomina de la lucha armada, incluso delante de una víctima de ella. Y tampoco admite la contradicción que supone esto con el hecho de reconocer el mal que ha causado, algo que sí acepta. «Cuando estás cara a cara con alguien a quien has dañado, se abre una nueva dimensión, y uno se da cuenta de la pérdida que ha causado y de que también ha perdido una parte de sí mismo y de su humanidad», asegura. Pero, a la vez, insiste en que cree que en circunstancias extremas la lucha armada «está justificada». «Nadie en su sano juicio elegiría la violencia como primera opción».
¿Quizás por eso no hablan de perdón en su discurso habitual? Jo Berry asegura que trata de evitar el uso de esta palabra por sus «connotaciones cristianas». «Me alejo de eso. Quiero hablar de experiencias humanas y no de experiencias cristianas», precisa.
Por su parte, Magee lo explica así: «Nunca he pedido perdón por mis acciones. Lo que pido es que se comprendan, pero no por mí. Si entendemos lo que provocó esos 30 años de violencia [en Irlanda del Norte], quizás puedan surgir otras opciones. He dicho lo siento, pero no es pedir perdón. Nunca le diría a Jo ‘perdóname’, porque me doy cuenta de que no puedo deshacer el mal causado. Eso sí, soy consciente de que mi humanidad ha descendido por haber destruido una vida humana».
Publicado en El País.es
Autora: Genoveva Gastaminza – El País-
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