ARCO IRIS
Torres Blasco
No hay fotos pero el otro día me probé un burka. Me puse un burka o, más concretamente, me encerré en un burka. Fue en la capilla de la Misericordia, donde hasta el próximo 30 de noviembre puede visitarse la exposición ‘Dones en Acció’, que organiza el Consell de Mallorca dentro del programa de actos con motivo del Día contra la violencia hacia las mujeres que se celebra el día 25 de este mes. Estaba a punto de cerrar, no había nadie y, junto a la salida, me percaté de la presencia de tres burkas. «¿Te lo quieres probar?», me preguntó Rosa, la mujer que esperaba mi marcha para echar el cierre a la exposición ese día. Miré a todos los lados de la sala por si había alguien. Le dije que sí y me lo introduje por la cabeza. La primera sensación fue de confusión, la segunda de opresión (hay una especie de goma que tiene que encajarte en la cabeza, como un gorro que te oprime), la tercera de terror. A través de los agujeros de una redecilla, entre la frente y los ojos, miré al espejo y me puse en el lugar de las miles de mujeres torturadas y anuladas. Que nadie me hable de multiculturalidad ni respeto ni zarandajas parecidas. El burka es una prisión ambulante, una forma de exterminio y humillación. De haber sido más fuerte quizá me habría atrevido a moverme por la sala y observar más. No pude. Me quede paralizado.
(Ultima Hora, 21 de noviembre)