Pido a los hombres que han conocido alguna vez el amor –y son muchos porque,
sin él, no estarían vivos- que piensen entre ellos un hombre nuevo: un hombre
no violento, un modo de ser hombre que ellos irán reconociendo entre los que ya
hay y decidiendo cómo va a ser. Solo esto puede hacer impensable la violencia
contra las mujeres: impensable como es impensable hoy el canibalismo. Porque la
acumulación de asesinatos en España en los dos primeros meses de este año 2008
–diecisiete más un número indeterminado de mujeres gravemente heridas- muestra
decididamente que los hombres son responsables como sexo y como cultura. La
cultura, históricamente masculina, de resolver mediante una ley está
fracasando. La ley actual vale porque ha tomado nota de que la diferencia
sexual existe y porque, indudablemente, ayuda a paliar algunas de las
consecuencias de la violencia. Pero no la evita. Este es su fracaso.
Si son hombres los agresores, son ellos quienes están capacitados para pensar
cómo dejar de serlo. Sé que, en contraste con las mujeres, los hombres tienen
poca experiencia de ponerse a sí mismos en cuestión, incluso los que saben
mucho de cuestionarlo todo. Pero sé también que están en un momento histórico
crítico porque, al no haberse preguntado apenas por su ser hombres durante los
últimos cuarenta años, la manera de serlo de la mayoría de ellos se ha quedado
por detrás del presente. Lia Cigarini ha escrito recientemente en una revista
de política de Milán (Via Dogana 84) que la crisis de la democracia
representativa está muy vinculada con la ausencia de práctica política y de
pensamiento masculino libre sobre el modo de ser hombre hoy, cuando el éxito de
la revolución del feminismo es visible en todos los ámbitos de la vida social.
Es evidente que si las mujeres hemos cambiado profundamente gracias a la
autoconciencia, y los hombres se han quedado donde estaban hace tiempo, sin
elaborar su sentido de la masculinidad en un mundo ya transformado, la
convivencia de mujeres y hombres en casa no puede ser mas que insostenible.
Como mujer que soy, yo no sé lo que es ser un hombre. Pero sí puedo decir que
veo sus vidas aprisionadas por la dialéctica. Son dialécticos en su trabajo,
definido por la lucha y la competitividad, son dialécticos en su ocio, definido
por deportes dedicados a eliminar contrarios, son dialécticos en su política,
definida por la contraposición de fuerzas y de razones. Pero ocurre que más
allá de la dialéctica –no en contra de ella- está la vida. Y esto las mujeres
lo sabemos. Aquí –pienso- está hoy el nudo del desencuentro entre los sexos. Un
desencuentro que es de pareja y es de civilización.
Repito, pues, mi petición a los hombres que conocen el amor: por favor, pensad
entre vosotros en lo que sois, en lo que hacéis, en lo que queréis ser.
* María-Milagros Rivera Garretas es investigadora de Duoda y catedrática de la
Universidad de Barcelona.